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MARIRÍ DE MI AMOR
Mi amada y dulce guerrillera:
Te vi y te amé cuando lavabas tus trenzas
negras en las aguas frías de la laguna de Chiqmu,
tu metralleta al lado como un bebé luciente,
y luego, al mirarte parada bien derecha con tu kipi
lleno de granadas y afiches, tú, con tu ZB30,
tú, limpia como una naranja a las 6h30 de la tarde
con tu Destacamento de Combate,
cuando a golpe de cuchillo en la nuca
ajusticiaron al ladrón de ganado Almidón
que era una pesadilla por el valle, allá,
en las alturas de los Andes de mi Comunidad de Yanaqa
por los años 86 (más o menos, pensándolo bien, sí, 86);
y te amé cuando te fuiste, brillante y diminuta
por el borde de la madrugada
de la quebrada de Senqa, arreando las mulas
cargadas de ametralladoras de trípode.
No te vi más por mucho tiempo, salvo dentro
de mi cabeza.
Yo te amé desde ahí, y quise merecerte y ser tuyo
y estar a tu altura y a tu nivel
porque tus ojos negros se me quedaron grabados aquicito
al costado de mi corazón, hablándome
que no te esperara sino que caminara
a ti y tras tus pasos.
Y te busqué por Mara Mara, Pulkoy, Waqana, Ongoy,
Rochoq, Tankayllo, Cayara, Andarapa,
y Lamay, Chiara, Chiqmu de nuevo,
por Titankayoq, Katola, Alayaylla, Ampi,
Toxsama, Muktane, Kupisa, Sokqmullu,
Y no te hallé, pero sabía que pasaste por Kotarma,
Challwani, Pichirwa, Yaka, Matará,
Y sabía que si te encontraba, que te debía encontrar,
amor,
debía al menos saber con mi waraka arrojar
tres cabitos de dinamita encendidos por minuto y no fallar
ninguno.
Y practicaba con piedras y con tronquitos de naranjillo fresco,
y cada día era uno más de buscarte y uno menos para acercarme
a ti.
Y te seguí la ruta de los combates por la cima de los Andes,
para hallarte,
y pasé por Piscaya, Tintay, Llinki, Casinchiwa,
Lucre, Aymorai, Anchicha, Taqaqa, Llullita,
y por Sunchu, Kaypi, Cirka, Kiswará,
Sincirko, Soraya, Supalla, Chaupimarka;
y Tapayriwa me vió llorar frente a los peces del río
de la cólera de amarte tiernamente y no encontrarte
y saber sólo de tu paso
por Pokowanka, Sarayka, Pachakonas;
en Umanmarka me dijeros que te habían herido
pero sólo era una esquirlita al volar el puente;
que los morocos y guardias y marinos de azul
corren como ratas o como perdices
al oír o sospechar siquiera que se acerca un Equipo
de Combate de los Andes peruanos.
Pero no tenía la suerte ni de verte
de lejos
pero sí sentirte;
y más, de felicidad casi no duermo,
cuando en Wito me dieron una bolsa con queso
y una cinta para amarrarme la cintura, de tu parte,
mi lindo consuelo de mi vida.
Y redoblé mis pasos y aprendí
a leer
y aprendí a hablar en la lengua castilla,
y aprendí a desmontar y montar en 2 minutos,
con los ojos vendados, el Galil.
Fue entonces que lleno de esperanza
fui a Pukaorqo, Pinkawachu, Kolka, Kotarusi,
y en Karaybamba bailé con el arpa de Machu Tilku
que te había visto con tu pollera azul
y el reboso colorado que te dejé en silencio al conocerte.
Y mi vida siguió caminando por el camino
y pensando en ti bajo los kapulíes de Saqsera.
Y fui a Chiqlla, Wañuwantu,
Molloqo, Wakirka, Sabaino, Chisi,
a Waskaro, Ayriwanka, Ronqo, Malmimso,
Y en Llampato supe que los helicópteros
que llamamos Kachikachis o Tokotokos
les habían hecho llover cilindros de gasolina por todo el valle
y metralla de ametralladoras con balas del tamaño
de una mano abierta, en Antillo.
Y me puse triste
y oculté mis lágrimas al pasar por Llampata;
y me puse alegre como un novillos retozón
cuando en Piyay me dieron
un paquete de periódico
con una soguilla de tu parte para mí
y una carta tuya, a lápiz,
diciendo: El sol llega, ya llega.
Y casi me pongo a bailar entre las acémilas de la columna
y sólo me detuvo la risa de los ojos que no la boca
de nuestro responsable, bajo los eucaliptos de Wayllaqocha;
y fuimos a Turpay,
a Wayllati, Kurasco, Wankawari, Mamara,
Añoqlla, Kaskaña
y al fin en Challwawachu la dirigencia dio la directiva
de unir las dos columnas para un encuentro
grande en la zona que hiciera llorar sangre a Los Perros.
Y, amor,
así te encontré por fin, aquí
en Virundu
y entre estos pellones blancos de merinos
tengo tu calor de aceite, el calor de tu fina piel,
y acaricio tus senos de mamey
y miro la redondez de tu ombligo
y me hundo en tus cabellos de amanecer
y vuelo como un loro de la selva a plena luz
en lo profundo de tu sexo de verano y de miel.
Ríes como una nueva piedra bajo el agua.
Usas el anillo de plata que desde hace dos años llevo
para ti.
Y me coges la nariz, riendo, como una campanilla
en el cuello del toro guía.
Y ya amanece.
Y ya amanecemos.
Y ya es hora en el azul del cielo
de prepararlo todo
para estar en punto
en el punto exacto asignado
para hacerles llover a warakasos la metralla
y luego el reguero de dos a tres instalazas
al Cuartel de los Cabitos
de estas bestias que vinieron sin que nadie los llamara
a nuestra tierra a robarnos hasta el alma.
Vamos, amada, que el día empieza…
de: Mariris (inedito)
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